Duele mucho y tengo ganas de llorar, pero no por el dolor. Duele saber que hay seres que son torturados de maneras tan crueles e inimaginables. Maneras que utilizan brasas ardientes, fuego, ácidos, entre otros que queman y lastiman.
Duele saber que somos seres conscientes de ese dolor, y más aún no nos importa, duele saber que somos indiferentes, que lo que sucede a nuestro alrededor no nos importa, que a veces disfrutamos la desgracia ajena.
En que tipo de personas nos estamos convirtiendo, si el dolor ajeno pasa desapercibido. Somos indiferentes, como si no tuviéramos consciencia. Pero, entonces ¿dónde queda nuestra humanidad? , aquello que nos diferencia de otros seres vivos, esa humanidad y superioridad de la que tanto nos vanagloriamos.
La indiferencia no es un monstruo, la indiferencia es como un virus que se contagia, que va de cuerpo en cuerpo, contaminándolo, creando monstruos insensibles. Es un virus sin cura, sin embargo es un virus que tú decides.

